Las actividades humanas que contribuyen al efecto invernadero

Escrito por Mark Abbott ; última actualización: February 01, 2018
Jeffrey Hamilton/Digital Vision/Getty Images

El calentamiento de la atmósfera y la superficie de la tierra, debido a la absorción de la radiación infrarroja del sol, se conoce como el efecto invernadero. Este efecto se produce debido a la presencia de ciertos gases en el aire, como el metano, el vapor de agua y el dióxido de carbono. Aunque estos gases se pueden encontrar en la naturaleza, ciertas actividades humanas han provocado un aumento de las concentraciones atmosféricas de estos gases, debido a los efectos de una creciente población mundial y una fuerte dependencia de los combustibles fósiles.

Combustibles fósiles

Desde el comienzo de la Revolución Industrial en el siglo XVIII, el uso de combustibles fósiles ha incrementado sustancialmente los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera terrestre. Las estadísticas del año 2004 muestran que el consumo de carbón, petróleo y gas natural para el suministro de energía eran responsables de hasta el 56,6 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero. El carbono se agrega a la atmósfera cuando se queman combustibles fósiles, añadiéndose a lo que ya se produce de forma natural por cosas tales como la vegetación en descomposición y el proceso normal de la respiración de los seres humanos y los animales. Antes de la Revolución Industrial, los niveles de dióxido de carbono eran aproximadamente 280 ppm (partes por millón). Desde ese momento, estos niveles han aumentado a alrededor de 387 ppm en la actualidad. Se ha sugerido que a tal velocidad, la temperatura de la tierra podría experimentar un aumento de alrededor de 1,4 hasta 5,6 grados Celsius, entre 1990 y 2100.

Agricultura

La Revolución Industrial trajo consigo un aumento de las concentraciones de óxido nitroso. La utilización de ciertos fertilizantes que contienen nitrógeno por los agricultores ha aumentado de manera constante durante el último siglo y se añade a lo que ya se produce a través de procesos microbianos naturales. El metano es otro gas de efecto invernadero, ligado a la industria de la agricultura. La digestión de la ganadería, el uso del estiércol y el cultivo de arroz también se ha añadido cada vez más a la concentración de metano a medida que las necesidades de nuestra creciente población aumentan.

Deforestación

La combustión de madera u otros organismos muertos es también un importante contribuyente al aumento de los niveles de dióxido de carbono. Cuando un bosque se quema naturalmente, las nuevas plantas y árboles que toman el lugar de las viejas absorberán gran parte del dióxido de carbono que fue liberado por la combustión, con lo que el ciclo entra en equilibrio otra vez. Sin embargo, la deforestación permanente no permite la sustitución de esta vegetación. En su lugar, puede en realidad aumentar significativamente los gases de efecto invernadero. Ya sea que se corten a través de la tala, quema o se descompongan de forma natural, todavía emitirán dióxido de carbono. Además, muchas de las zonas donde se produce la deforestación son utilizadas como tierras de pastoreo para el ganado, lo que contribuirá en el largo plazo al aumento de los niveles de metano y óxido nitroso.

Producción de cemento

En la fabricación de cemento, el gas de dióxido de carbono se produce cuando el carbonato de calcio se somete al calor. Los combustibles fósiles también se utilizan para generar el calor necesario para el proceso en sí. Las estimaciones sugieren que el 5 por ciento de las emisiones de dióxido de carbono hechos por el hombre son producidos por la industria del cemento. Aproximadamente el 50 por ciento de esto es causado por el mismo proceso, con otro 40 por ciento debido a la quema de combustible. Por cada 1.000 kilogramos de cemento producidos, más de 900 kilogramos de dióxido de carbono se emite a la atmósfera.

Los clorofluorocarbonos

La utilización de ciertos aerosoles también ha contribuido en gran medida al efecto invernadero. Los clorofluorocarbonos (CFC) se crearon a finales de 1920 para ser utilizados como un propulsor para aerosoles, disolventes de limpieza y refrigerantes. Fue descubierto en los últimos años que los CFC son capaces de destruir la capa de ozono en la atmósfera de la tierra y como resultado, se emprendieron esfuerzos globales exitosos para detener su producción. A pesar de estos esfuerzos, la larga vida de los CFC indican que su presencia en la atmósfera podrían continuar por más de 100 años.

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